nostalgia
en días como hoy, me despierto con una tristeza que no sé bien de dónde viene. no logro identificarla. sé que no es dolor, no es rabia, no es siquiera una tristeza específica, pero creo que puedo explicarlo como un temblor suave en el pecho, como si algo me faltara, pero no sé qué. a veces me pregunto si eso es la nostalgia.
esta mañana, por ejemplo, me quedé mirando una fotografía vieja: mi hermano y yo sentados en un triciclo rojo. yo tenía un sombrerito en la cabeza y tierra en las rodillas. las dos estamos sonriendo, nuestra casa aún estaba en construcción. el cielo es de un azul que ya no he vuelto a ver y sin embargo, no es la imagen lo que me duele, sino lo que ya no puedo tocar: el olor de la cocineta, las risas, el calor insoportable que hacía sudar hasta a las paredes.
quise despertar a mi novio que ahora mismo duerme a mi lado para contarle eso, pero no supe cómo decirlo sin sonar cursi o exagerada y tampoco quería molestar; así que me quedé ahí, viendo la foto, recordando el zumbido de los insectos del campo. me sentí sola. como si el pasado fuera una casa cerrada, con las ventanas empolvadas y yo estuviera afuera, tratando de mirar adentro.
la nostalgia es eso, creo: un querer regresar. pero no es solo al lugar, sino a la persona que fuimos en ese lugar. es un deseo imposible, bien lo sé. porque aunque volvamos, ya no somos los mismos. ya no está mi papá, ya no tengo cinco años, ya no tengo tierra en las rodillas.
lo más cruel de la nostalgia es que tiene algo de ternura. nos arrulla, nos acaricia, nos engaña... y al mismo tiempo, nos clava una espada invisible. quisiera saber por qué duele tanto mirar atrás, incluso cuando lo que vemos es hermoso.
recuerdo el patio de mi casa como si lo soñara: la tierra gris, las piedras que dolían al pisarlas descalza, las matas de chile, de orégano, los árboles de mango, el almendro, las palmeras, la caña, las macetas con tierra seca, el gallo que cantaba todas las mañanas desde el corral, los pavorreales que regresaban al rancho por las tardes. mi hermano y yo jugando con una manguera, gritándole a los perros, peleándonos por un triciclo roto. no hay nada extraordinario en eso y sin embargo, lo extraño como si hubiera sido el lugar más feliz del mundo.
no es solo que ya no está, es que incluso si volviera, ya no sabría cómo habitarlo. inevitablemente he crecido, cambié más de lo que quisiera, las cosas también. hay algo profundamente triste en darse cuenta de que una ya no cabe en el lugar que la hizo. no por tamaño, sino por tiempo. el tiempo no hace espacio para el regreso, solo para el recuerdo.
a veces pienso que la infancia es el idioma original de todos los seres humanos. es el que se hablaba antes de que el mundo empezara a exigirnos cosas. antes de que supiéramos mentir, disimular y obedecer. había una verdad tan sencilla en esos días... una forma de estar en el mundo sin miedo, sin prisa, sin esa sensación constante y martirizante de estar llegando tarde a todo.
pero no se puede volver. eso es lo más duro. al pasado podemos escribirlo, soñarlo, evocarlo, inventarlo, pero no volver y a veces me enojo por eso, ¿por qué no hay un túnel secreto, una puerta, un sueño suficientemente largo? lo único que queda es escribir, hacer mapas borrosos con palabras, personas; anotar los olores, los nombres, los pequeños rituales en nuestra mente para no olvidarlos.
cuando era niña, creía que todo lo que me rodeaba iba a durar para siempre. que la casa de mi abuelo nunca se iba a caer, que el campo nos seguiría dando dinero, que mis papás siempre iban a dormirse en el mismo cuarto, que yo iba a seguir jugando con tierra y hablando sola en voz alta sin que nadie me juzgara. es raro pensar que eso que en su momento fue el presente ahora es un sitio al que solo puedo entrar con la memoria.
la nostalgia no siempre es un recuerdo claro. a veces es una sensación que no tiene imagen, solo… cuerpo. como cuando de pronto escucho una canción y algo se me revuelve por dentro. o huelo leña mojada y me dan ganas de llorar sin saber por qué. entonces cierro los ojos y aparecen cosas: la mesa de redonda de madera donde desayunaba pan con leche, la voz de mi papá hablando en las tardes sentado en la mecedora tejida del corredor, la cobija con mis dibujos favoritos que ya no existe, el olor...
pero no es solo lo que se fue. es también lo que no supe que estaba pasando. lo que no viví con atención porque en ese momento, claro, yo no sabía que tenía que guardar nada, ¡ni pensé que un día todo eso me iba a faltar tanto! ¿cómo se cuida algo que todavía no se sabe que se va a perder?
esa es la herida de la nostalgia: no solo perdimos algo, sino que cuando lo teníamos no supimos valorarlo del todo. es un dolor que llega muy retrasado, como si el corazón entendiera demasiado tarde lo que la vida estaba haciendo con nosotros. a veces pienso que la nostalgia es nuestro castigo por haber sido tan felices sin darnos cuenta.


Este escrito me ha removido, me ha acariciado, me ha susurrado, me ha golpeado en lo más hondo. La memoria siempre es un hogar al que podemos volver, pero es un hogar tan lejano e inasible... Muchas gracias por compartir tus palabras, te mando un fuerte abrazo ♥️
Hace unos días fui a una casa de mi infancia, no había abierto substack hasta hoy, y me encontré con esta publicación, me ha llegado en el momento exacto a removerme los sentimientos, me he quedado con un sentimiento muy bonito por dentro, gracias por compartir palabras tan lindas ❤️🩹